Imagen: Akil Mazumder (Pexels)
¡Ajá! Así que quieres saber cómo empezó esta gloriosa cruzada ortográfica… Siéntate, joven padawan, que voy a contarte cómo fueron los comienzos de este humilde corrector, cuando aún usábamos bolígrafos rojos como espadas láser y las erratas campaban a sus anchas en las praderas del Word (¡o del Wordperfect!).
Antes, todo esto era campo… y papel
En aquellos tiempos en los que aún se usaba el fax y las impresoras requerían papel continuo, el corrector era ese ente misterioso que a veces aparecía en los créditos, pero rara vez en las reuniones. Nos daban montañas de textos en papel y nos convertíamos en auténticos exploradores textuales: cazadores de gerundios de posterioridad errantes y domadores de comas rebeldes. Muchas veces trabajábamos en departamentos específicos de corrección dentro de las editoriales o publicaciones.
Hasta que empezaron a ofertarse cursos especializados, la formación era autodidacta o del tipo en que el maestro te lanzaba el manuscrito y tú, como aprendiz, lo corregías o perecías en el intento; bueno, quizá perecer no, pero una buena bronca sí que te caía si no cumplías sus expectativas. Por aquel entonces, las asociaciones de correctores como UniCo no estaban ni siquiera gestándose (¡cuánto agradecemos ahora su existencia!), por lo que era mucho más difícil crear comunidad, así como encontrar apoyo de otros profesionales que conocieran y entendieran tu trabajo.
Lo que me habría gustado saber cuando empecé
Me resulta muy difícil elegir, pero quizá destacaría tres cosas en concreto:
- Que el síndrome del impostor viene incluido en el paquete. Todos dudamos. De todo. Incluso de la norma. Y está bien: dudar es parte indisoluble de este trabajo. Lo importante es saber dónde consultar y a quién acudir (hola, UniCo).
- Que corregir no es solo corregir. Es negociar, empatizar o explicar a veces por qué «hubieron problemas» no funciona sin quedar como un pedante o un extremista de la gramática. Es adaptar tu criterio al cliente, al medio y al contexto. ¡Y hacerlo con elegancia!
- Que no estamos solos. Que hay más personas como tú, guerreras de la tilde y defensoras del buen escribir. Y que tener una red de colegas en los que apoyarte es algo maravilloso.
¿Qué te espera si quieres dedicarte a la corrección en estos tiempos?
Mucho más de lo que había antes. Hoy tienes acceso a formación especializada, a una comunidad de profesionales (¡hola otra vez, UniCo!), a herramientas de apoyo, software, diccionarios en línea y hasta memes para echarte unas risas después de una jornada intensa.
Por supuesto, también te enfrentas a nuevos retos: textos generados por IA, clientes que no entienden el valor de los servicios lingüísticos, ritmos de trabajo frenéticos, tarifas de vergüenza y, por supuesto, la eterna lucha contra el «si, total, eso lo puede hacer Word o ChatGPT».
Lo bueno es que ahora puedes especializarte en un tipo de corrección (o varios): editorial, científica, publicitaria, audiovisual, jurídica… Puedes crear tu marca personal, ofrecer tus servicios y divulgar en redes sociales, educar a la clientela e incluso convertirte en un referente. Pero lo más importante es que (aún) puedes ganarte la vida corrigiendo.
Mi consejo final
Da el primer paso. Fórmate. Rodéate de colegas generosos y experimentados. Asóciate. Duda, pregunta, comparte y, por supuesto, nunca dejes de aprender. Y no olvides que, aunque a veces parezca invisible —y parafraseando a Serrat—, tu trabajo mejora el mundo golpe a golpe, texto a texto.